Carta Abierta Para Los Que No Son Como Yo
Written By: Cloe Garcia

¡Lloren! Les estoy rogando que lloren junto a mí. Sientan mi dolor correr a través de sus venas mientras mi corazón se despedaza por la rastrera distancia de la falta de derechos en la que vivo. Les estoy rogando que lloren. ¿Por qué no están llorando junto a mí, por mí? Es porque nunca entenderán por qué estoy arrodillada dentro de mi baño a puertas cerradas mientras la lluvia de la ducha quema mi piel, pidiéndole perdón al creador de espíritus por cualquier cosa miserable, repugnante, oscura, putrefacta, estúpida, e impura que haya hecho en la vida para ser castigada de esta manera. Supongo que … Dios no me quiere perdonar.
Nací en el país más hipócrita, silencioso, y ruidoso que pueda haber existido, Cuba. Les dije que quería que lloraran, ¿no es así? El comunismo es la víbora que te abraza con brazos dulces y congelados y te infecta con el veneno de un todo invisible. Sin embargo, la tierra, que es la madre que me crió, la madre que casi ciega mis jóvenes y sucias ideas de revolución y libertad, fue la que agarró mi cuello y lo cortó tan fácil como lo es respirar.
No tenía esperanza.
No tenía sueños.
No tenía oportunidades.
No tenía ideales.
No tenía camino.
No tenía gasolina.
No tenía comida.
No tenía agua.
No tenía luz.
No tenía profesor.
No tenía aire.
No tenía tierra.
No tenía religión.
No tenía derechos.
No tenía voz.
No me tenía a mí misma.
Pero tenía a mi gente, a mi familia.
“El tiempo lo cura todo” tiende a decir la gente cuando sus problemas son emocionalmente capaces de ser arreglados con arduo trabajo para sobrepasar sus desórdenes crónicos del alma y corazón. El tiempo no cura el hambre de gritar porque tu futuro está destinado a morir de cara al sol pues es lo único que se te permite ver día tras día. El cerebro humano no está preparado para ir contra de la corriente cuando ya está acomodada en una rutina. Aunque estas manos fueron esculpidas por la inocencia de la juventud y ahuyentadas por un violento himno de guerras de supervivencia, ahora existen únicamente para cargar esperanza. Aquellos días cuando miraba el espejo frente a mi vieja, enferma, y descuidada figura, con sudor frío saliendo de mi poros, y ratas caminando sobre el falso techo sobre mi cabeza, son uno de mis más felices y tristes recordatorios de que no solo mis sentimientos estaban en un punto crítico, sino que mis condiciones humanas también. Queriendo morir porque no había a quién escuchar o con quién expresar todas las terribles condenas de respirar. Supongo que merecía todas las lágrimas y totura en este mundo. Lo merecía, eso es lo que el sistema del país al que llamo hogar me enseñó. Pasé tanto tiempo existiendo silenciosamente que la base de mi estabilidad se agrietó, y terminé con una seria depresión que casi me costó la vida que ahora agradezco tener.

La fuerte y brillante mujer que me dio la vida escuchó toda la desesperación que mis labios no podían pronunciar muchos años atrás. Mientras me abrazaba, dijo: “No me digas eso, mija, que yo sin ti no sé qué me haría.” Sus lágrimas fueron un regalo largamente esperado. Tocar fondo me forzó a reconstruir mi visión del futuro. Sobrevivir una guerra cambió completamente quién soy, haciéndome más despreocupada de lo que solía ser. No todos los monstruos son malos y aterradores, algunos de ellos solo cargan con grandes cicatrices que simbolizan su pasado y un orgulloso sentido de victoria.
Justo como una casa de naipes destruida, mi vida dio un giro de 180 grados cuando dejé mi hogar, Cuba. Toda la amabilidad que admiraba desde el momento de mi creación sigue en esa tierra; mi familia no está más a mi lado. En los últimos dos años, he estado moldeando nuevamente todo mi presente y futuro con la libertad que me fue concebida como el monstruo y alien cubano en tierra extraña. América, cuán querida eres para mí. Aún así, en “Nosotros, el pueblo”, no estoy yo, yo no soy “el pueblo.” Me he estado repitiendo que toda esta locura se detendrá, pero la repetición no asegura una realidad.
Sientan mi dolor correr a través de sus venas mientras mi corazón se despedaza por la rastrera distancia de la falta de derechos en la que vivo. ¿Creen que Dios alguna vez me perdonará? Aquellos que extienden su mano hacia mí quieren que crezca, que sueñe, pero supongo que ser cubana es la razón de mi llanto.
¿Por qué no lloran conmigo?
Para todos aquellos que no son como yo, quienes no tienen el puñal de una sociedad muriendo insertado en su espina dorsal, estoy agradecida de que no vivan dentro de una cueva de sus miedos como yo. Estoy agradecida de que no experimenten la condena de ser forzados a regresar a un hogar donde no hay futuro o libertad.
Patria y vida.





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